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Algo nos remueve
por dentro

26·jun·2026

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No hay nada que te haga sentir tan pequeño como lo hace un terremoto. Preciso: tan pequeño y tan vulnerable. Porque, si hay algo a lo que no podemos “escapar”, es a un seísmo. Sin embargo, esto no significa que nada podamos hacer ante ellos como sociedad.

La evidencia de esto es que la fórmula que mide el riesgo considera tres elementos, y no todos tienen que ver con lo físico. El primero es el “peligro”, que denota la probabilidad de que ocurra un evento dañino. Venezuela, Japón, Chile y también Canarias, entre otros tantos espacios, conviven con esta posibilidad, marcada por el emplazamiento que ocupan en el mundo. El segundo es la “exposición”. Esto se refiere a la existencia de elementos como la población, las construcciones o las infraestructuras que podrían verse afectadas por el peligro. Y, finalmente, en tercer lugar, está la vulnerabilidad de la que hablábamos antes. Esta nos indica cómo de capaces o incapaces somos nosotr@s y nuestros elementos construidos de resistir o recuperarse de un evento como un terremoto.

Llevémoslo a un ejemplo más cotidiano. Llover va a llover alrededor del mundo todos los días; es inevitable. De ahí a que te mojes, hay un trecho. Lógicamente, si estás en Galicia, será más probable que veas llover que en Almería. Pero, para que esa lluvia se convierta en un problema, hace falta algo más. Si estás dentro de casa, protegid@, probablemente no pase nada. En cambio, si estás caminando por la calle, aun con un paraguas, estás “expuest@” a esa lluvia. Claro, ahora miremos hacia arriba y hacia abajo: ¿el paraguas tiene agujeros o está perfecto? ¿Llevas botas de agua o has salido con cholas?

Esto último, es decir, cómo estamos de preparad@s o lo que somos capaces de hacer ante un evento, marca la diferencia. Por lo tanto, el riesgo es algo social, además de físico o natural, y explica que no sea lo mismo vivir un terremoto con una magnitud 7,5 en la escala Richter en Venezuela que en Japón o Chile.

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Por ser justos, hay una parte que no depende de un@. Las diferencias económicas y en el nivel de desarrollo “obligan” a los territorios a sufrir de manera distinta un evento con las mismas características. En 2010, un seísmo con epicentro en Haití provocó más de 200.000 víctimas mortales, mientras que, en el país vecino y “compañero de isla”, República Dominicana, las pérdidas y daños materiales y humanos fueron infinitamente menores.

Las condiciones de base, económicas y de desarrollo, influyen decisivamente en las consecuencias de un movimiento sísmico. El geógrafo chileno Marcelo Lagos, tras años de investigación y dedicación, lo tiene claro. Un temblor es un evento geofísico. Pero sus efectos sociales dependen de muchos factores: la distancia a la fuente, la profundidad, el tipo de suelo y, especialmente, de otros aspectos humanos: la calidad de las edificaciones, la localización de los asentamientos y la fortaleza institucional.

En relación con ello están otras medidas que se pueden abordar, algunas en el ámbito de la prevención, la planificación de riesgos y la ordenación territorial. Si miramos el mapa de la sismicidad de Gran Canaria y sus alrededores en los últimos 10 años, nos damos cuenta de que la actividad sísmica es constante. Son 560 terremotos los registrados entre el 25 de junio de 2016 y el 25 de junio de 2026, muchos de ellos en el cuadrante noroeste de la isla, en el Valle de Agaete. De ellos, la mayoría tienen un hipocentro —punto exacto dentro de la Tierra donde se inicia la ruptura que provoca un terremoto— de poca profundidad: los de 0 a 15 km representan un 53,2 % del total —en rojo—; los de 15 a 30 km, un 39,5 % —en azul—; y solo un 7,3 % tuvieron un foco a más de 30 km bajo la superficie —en amarillo—.

A pesar de ello, la intensidad, pocas veces recopilada —es decir, cómo se ha sentido el terremoto por la población y qué efectos ha producido—, se ha encontrado muy mayoritariamente en rangos bajos: nunca superó el 4.º grado en una escala de 12. Esto probablemente se deba, entre otros muchos factores, a que, aunque la profundidad suele ser baja, la magnitud —cuánta energía libera el terremoto— también lo es.

En relación con esto, el tamaño de la esfera en el mapa va en proporción a la magnitud, por lo que a una esfera más grande le corresponde una magnitud superior. Para hacernos una idea, en la última década, el récord de magnitud quedó fijado en 3,8 puntos en la escala Richter, durante un evento frente a las costas de Santa María de Guía, el 10 de septiembre de 2024.

Esto significa que la energía liberada por el terremoto vivido en La Guaira, Venezuela, el 24 de junio de 2026, fue unas 355.000 veces superior a la del terremoto canarión. Hay que recordar que la escala de Richter —o, con más precisión, la escala de magnitud sísmica— es logarítmica: ganar una décima no supone sumar un poco más de energía, sino multiplicarla secuencial y aproximadamente por 1,4. Es decir, cada aumento de 0,1 en la magnitud implica alrededor de un 41 % más de energía liberada; cada punto completo de magnitud equivale a unas 32 veces más energía.

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Con estos datos y esta cartografía, lo que nos queda es estar preparados o preparándonos. Gran Canaria tiene ínfimas posibilidades de registrar un evento tan catastrófico, pero no está de más recurrir al conocimiento geográfico y a sus profesionales para hacer una buena ordenación territorial.

Comentaba un artículo de EL PAÍS de este viernes la idea de “resignación activa”, perteneciente al filósofo nipón Tetsuro Watsuji (1889-1960). Un concepto que está lejos de asumir la derrota y de ser pesimista. Más bien, es la primera página de un manual de instrucciones que conoce y aplica una sociedad consciente y educada, donde se asume la propia geografía, pero también nuestras capacidades.

Tengamos en cuenta que pocas cosas hay tan geográficas como un terremoto, pues, en apenas segundos, se convierte en un implacable examinador sobre la óptima relación entre espacio y sociedad.

Con esto quiero volver a pedirte algo: deja de pensar en l@s geógraf@s solo como quienes ayudan a ganar el quesito azul del Trivial sabiendo que el mayor lago natural de Sudamérica es el Maracaibo. Considéranos, también, profesionales útiles y capaces de ponerse al servicio de la sociedad.

Sirva esta publicación como homenaje a la, con permiso de La Graciosa, octava isla de Canarias y sus gentes. Ánimo. #contigoVenezuela

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De paso, estamos aquí para destrozar tópicos. El primero: es evidente que a nadie le pagan un sueldo por saber la capital de Kazajistán o la altitud del Teide. 

 

Lo del quesito azul está bien, pero a las geógrafas y los geógrafos se nos queda bastante corto.

¡Vamos a verlo! 

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